Sus ojos, camuflados bajo el antifaz, eran el delirio de todo poeta. Siempre vestía un largo y delicado vestido negro de época. Nadie sabía su nombre, nadie sabía su identidad. Aparecía en medio de la fiesta, deslumbraba a todos y luego, sin dejar rastro alguno, desaparecía. Sus movimientos eran delicados y suaves, su aroma tan dulce como la miel se impregnaba en el aire del salón, cualquiera que sintiera ese aroma sabía que ella estaba allí. Sus ojos, sin dudas eran la debilidad de todos. No había persona, hombre o mujer, que se resistiera a su mirada. Tenía algo especial... seductor, con una simple mirada te atrapaba y ya no tenías forma de escapar. La verdad es que muchos deseaban poder tenerla, pero ella no le pertenecía a nadie.
Salía solo por las noches, algunas veces la podías ver caminar por la costa, siempre con su antifaz puesto. ¿Que escondía?.
Si bien muchos la deseaban, nadie se animaba a acercarse a ella, y últimamente ya nadie la miraba a los ojos. Es que la leyenda dice que quien mira a sus ojos, desaparece. Desde entonces, todos le temían, pero de todas formas ella seguía merodeando en las fiestas, rompiendo corazones y atrayendo todas las miradas. Ella era todo un misterio.
Él no era ningún aventurero pero estaba dispuesto a descubrir que tenía de mágica esa mirada, que tenía bajo ese antifaz. Estaba dispuesto a descubrir su identidad.
Era una noche oscura y fría, común en su país y en pleno invierno. Si bien él estaba acostumbrado a esos fríos postreros, esta noche tenía un especial escalofrío recorriendo su columna vertebral. Algo de ansiedad y miedo se anudaban en su estómago, esta noche ella iba a dejar de ser un misterio para él, estaba convencido de que iba a lograrlo. Pero como todo humano, sentía miedo a la incertidumbre y a lo desconocido. Pero que tonterías, él era un hombre valiente, no podía temerle a una mujerzuela.
Estuvo toda la noche observándola, distante pero a la distancia justa para controlar cada movimiento. Tenían razón todos los que decían que era una delicia para la vista, sus movimientos y su mirada lo habían dejado perplejo.
A las doce en punto sonó la campana y todos tomaron sus copas de champagne, se entrelazaron en parejas para brindar. Cada uno buscaba a la primer persona sola que encontrara, y él se acercó a ella, entrelazaron sus brazos y bebieron un sorbo. Él la miró desafiante a los ojos, "no te tengo miedo" transmitió con su mirada. Ella simplemente hizo una mueca, era un intento de sonrisa. La música del minué comenzó a sonar y él la tomó de la mano, comenzaron a bailar y lentamente él se fue perdiendo en los movimientos perfectos y áureos de aquella mujer. Su sonrisa y su mirada, sí que eran hipnotizantes, seductores y coquetos. Ella era un misterio.
De repente algo lo interrumpió y lo hizo volver a recuerdo de sí, y en una milésima de segundo ella ya no se encontraba a su lado. No podía haberse ido muy lejos. Salió corriendo, persiguiendo su aroma, corría sin saber a donde se dirigía.
Al encontrarse corriendo dentro del laberinto del jardín, perdido, comenzó a desesperar y un nudo se le hizo en la garganta. La había perdido, no había podido develar el misterio, no había podido develar su rostro. Y se había perdido a sí mismo dentro de un laberinto del cual no sabía como salir, ni como se había metido allí. Comenzó a caminar buscando alguna especie de salida hasta que por fin halló el centro del laberinto. Había un profundo aljibe, apenas podía notarlo ya que estaba todo muy oscuro, pero comenzó a escuchar voces, eran casi susurros que provenían de lo profundo del aljibe. Sintió pasos detrás de él, se dio vuelta del susto y allí estaba ella, parada justo delante de él, mirándolo desafiante, tentándolo a demostrar sus agallas. Con movimientos suaves y delicados se acercó hacia él, mientras él daba pasos hacia atrás, tratando de alejarse, de impedir el contacto con aquella mujer, tan misteriosa como el triangulo de las bermudas, pero tan seductora e irresistible...
Cuando se dio cuenta estaba nuevamente perdido en sus movimientos y en su mirada, pero esta vez su mirada reflejaban algo más que dulzura, era algo muy distinto, frunció el ceño y soltó una pequeña risa. En sus ojos había oscuridad, había vacío. Esa mujer no era más que una trampa.
Cerró los ojos con fuerza intentando evitar que su mirada se apoderada de él, pero fue imposible, él había perdido. Su cuerpo se debilitó y se tambaleó hacia atrás, cayendo dentro del pozo, profundo, oscuro y vacío como la mirada de aquella mujer, misterio.
Ella, desplegó sus alas negras, las batió con fuerza y voló hasta rozar la luna, su aliada, su hermana, su creadora.
Y así, la leyenda sigue teniendo sentido, todo aquel que la mire a los ojos, desaparece. Así que no confíes en todas las miradas, porque algunas pueden ser cuervos que solo esperan arrancarte los ojos.

