Me encontraba caminando por las angostas calles de piedra, el aire suave acariciaba dulcemente mi piel y mi pelo se movía con delicadeza, la gente de Venecia era tan cálida y alegre que ya podía sentir que estaba en mi hogar. Todo hacía que me adaptara rápidamente, estaba feliz de haber decidido comenzar una nueva vida y este era el lugar perfecto.
Los niños que corrían inocentemente, las madres que corrían detrás de ellos, la gente comprando y yo simplemente observando todas las variadas cosas que vendían en aquella feria. Un chico llamó mi atención notablemente, estaba parado en una esquina vestido con un saco largo violeta y una galera del mismo color que tenían brillo propio. Todos los niños lo rodeaban mirándolo fascinados, así que me acerqué y me sentí otra niña, la energía que él transmitía hacía que volvieran a mi todos los recuerdos de pequeña, cuando creía en la fantasía y todo era mágico. El chico lleno de vida me miró fijamente, levantó su galera dejando su cabeza al descubierto y de allí sacó una hermosa flor. Se inclinó hacía mi y con ella rozó mi mejilla secando la fría lágrima que cayó de mis ojos, el simple contacto de esa flor con mi piel hizo que me estremeciera y allí fue donde surgió la magia: aquella flor se convirtió en una mariposa llena de colores que dio una vuelta alrededor de mi cabeza y terminó posándose sobre un dedo de aquel misterioso chico.
Aquella escena me dejó atónita, me resultaba muy difícil comprender lo que pasaba, pero todas mis confusiones desaparecieron al escuchar su dulce voz: -Los espero hoy, al atardecer, en aquella carpa que pueden ver a lo lejos –señalándola –para ver el mejor espectáculo de magia. No falten, verán que no se arrepentirán y no se preocupen, es totalmente gratis, la felicidad no se compra.-
Se inclinó hacía mi, metió la mariposa en su bolsillo y de allí sacó nuevamente aquella hermosa flor “espero verte allí” dijo entregándome la flor.
-Allí estaré- me regaló una cálida sonrisa y se alejó para seguir llamando la atención de mas gente. Seguí recorriendo la feria, perdida en mis pensamientos.
Luego de mucho caminar volví a casa, tomé una ducha, me senté frente al espejo, me peiné y quedé pensativa mirando mi rostro reflejado en el agua donde había colocado la flor. Después de unos minutos miré el reloj y corrí a la ventana, ya estaba atardeciendo así que tomé mis cosas y fui a la carpa. Estaba nerviosa y a la vez entusiasmada, sentía que estaba yendo hacia el pasado, donde iba a poder recordar lo que era soñar y creer en la magia.
La fila para entrar era muy larga y mi ansiedad era cada vez más grande, cuando llegó mi turno de entrar sentí que mi corazón se había saltado un par de latidos. Dentro de la carpa estaba todo oscuro así que tomé asiento en el primer asiento que encontré disponible, el espectáculo estaba comenzando.
No existen palabras para explicar lo que vi ni lo que sentí, fue el mejor espectáculo que presencié, eso era magia pura.
Cuando el espectáculo terminó me quedé sentada con la mirada perdida, toda la gente se fue y yo aún seguía ahí, esperando quién sabe que, mirando el infinito vacío frente a mí. Poco a poco se fueron apagando las luces, quedando una sola prendida, una luz que me alumbraba a mí, pero no le di importancia.
-Sabía que te iba a ver aquí- dijo una voz detrás de mí y preguntó -¿te gustó?-
-Si, es… como decirlo… in… in…creí…increíble –contesté tartamudeando sin darme vuelta, no necesitaba verlo para identificar de quien se trataba.
-Me alegro que te haya gustado, eso es lo que buscamos- decía mientras se sentaba a mi lado -¿en que piensas?- preguntó mirándome con compasión.
-Es que lo que ustedes hacen me recuerda que no todo es malo, detrás de todo un mundo lleno de maldad existe la magia que hace que todo se vuelva fantástico, a veces necesito ver esta otra realidad, y sobre todo en estos momentos de mi vida- sinceré a aquel chico que ni siquiera conocía.
-La vida es mágica en todo su entorno, mira a tu alrededor y dime si no es mágica la naturaleza –dijo esto y se paró –ven conmigo…- estiró su mano, la tomé y me dirigió al centro, donde ocurría todo el espectáculo –siéntate aquí- ofreció anudando una gran tela que colgaba del techo, había hecho una especie de hamaca con ella, me senté allí y me empezó a columpiar lentamente. –Al parecer has tenido una vida difícil… lo que debes hacer es desahogarte mientras te columpias y cuando estés allí bien arriba- señalando una gran altura –vas a saltar, te vas a soltar y dejaras tus problemas meciéndose en el viento, al caer te sentirás libre de todo eso que te aprisiona- explicó columpiándome más fuerte.
-Pero… cuando salte me voy a caer, me voy a lastimar- dije aterrorizada.
-Tú confía en mí- sonrió –ahora empieza a desahogarte-.
Empecé a contarle toda mi vida a un desconocido, mientras me hamacaba. Sentía como lentamente me iba liberando, tenía los ojos cerrados y cada vez que me elevaba sentía un cosquilleo en el estómago, cuando descendía sentía que flotaba y así sucesivamente. Cuando ya no tenía más nada que contar ni más lágrimas que derramar me quedé en silencio y para cuando volví a sentir el cosquilleo en el estómago escuché “SALTA” y sin pensarlo dos veces salté, tenía miedo de abrir los ojos pero tuve que hacerlo, es que no sentía que estuviese cayendo.
Abrí los ojos y pude ver como la hamaca se convertía en un montón de hojas de árboles de esas que estamos acostumbrados a ver en otoño, estas hojas volaban por todo el lugar, dejándose llevar por el viento sin dirección, desprendiendo de mí todo lo malo y llevándoselo lejos. En cambio yo, no estaba precipitándome contra el suelo, estaba flotando en la nada, al igual que las hojas. “¿Que, que ocurre?“ Pregunté.
-Te desprendiste de todo lo que te impedía volar- contestó.
Todo en ese chico era tan mágico y misterioso, tan extraño e increíble que creía estar soñando. De un momento para el otro me encontraba en sus brazos, nos miramos fijamente a los ojos, esos ojos tan misteriosos y profundos que contaban tanto y a la vez nada, ese chico me encantaba, me envolvía en sus misterios y su fantasía, me hacía soñar y me enseñó a volar. Nos miramos por unos largos minutos que parecían durar una eternidad, esos minutos donde mirándonos nos pudimos conocer y no fueron necesarias las palabras para saber quien era él.
-Eres hermoso- dije contemplando su perfecto rostro
-No digas nada- no lo pensó dos veces, se inclinó hacía mí y me beso.
Un beso mágico sin dudas, un beso lleno de amor, no me preocupaba no saber su nombre, no me preocupaba no saber quien era, yo ya sentía que lo conocía de toda la vida. Nos separamos lentamente, me dijo al oído: “despierta dulce princesa” y por última vez contemplé su perfecto rostro con su deliciosa sonrisa dibujada con calidez.
Tal como él lo dijo, desperté, estaba acostada en mi cama con la ventana abierta, y aún sentía que mis labios se quemaban ante el roce de los labios de aquel misterioso chico. Miré hacia donde se encontraba el espejo y me sorprendí al ver que la flor aún estaba allí, será una coincidencia, pensé al darme cuenta que todo había sido un hermoso sueño. Me distraje un segundo y cuando volví a ver la flor se convirtió en mariposa y se fue volando por la ventana, me levanté rápido y vi como se alejaba en el horizonte, se alejaba de mí pero se acercaba al sol.
-Gracias- dije –Gracias por recordarme como soñar y enseñarme a volar- suspiré –estaré aquí para cuando quieras regresar- sonreí y seguí observando en paz como la mariposa volaba en libre, casi tocando el sol, al igual que mis pensamientos que se dejaban llevar por aquella leve brisa de otoño.