Caminando por aquellas sucias calles descubrí aquello que no me
atrevía a mirar, siempre había estado allí aunque fuese invisible para mí. Algo
había cambiado en mí, hoy por primera vez me cuestioné su existencia, sentí
compasión por él. Estaba tan arrugado, angustiado, e indefenso que quise correr
a buscarle un abrigo, algo de protección, pero me di cuenta que en realidad no
tenía nada que pudiese protegerlo. Me senté a su lado para hacerle algo de
compañía, apoyé mi cabeza en su tronco y dejé que mi mente volara. Fue así que
me di cuenta lo tan humano que era.
-¡Ay de mi! Que promiscuo de palabras soy pero amordazadme debo- oí
sus quejas brotar desde el suelo -¡Ay de mi! Que de estos bruscos aposentos
huir no puedo. Ayudadme jovencita, es que ya no recuerdo el sentido de este
vivid. ¡Ay de mí! Que el sueño eterno pesa sobre mis parpados- rogaba mientras
hacía el intento desesperado de escapar de aquella parcela de tierra que lo
enterraba. –Tomad mi mano y cinchadme, debo huir-
Yo, atónita ante lo ocurrido, me permití decir sin ofensas, que él no
tenía manos; acto seguido el palideció, si es que podía hacerlo, y dejó de
intentar zafarse de esas raíces que lo aprisionaban. Comenzó a sollozar.
-¿Como lo haces? ¿Por qué te pude oír? ¿No temes que la otra gente te
vea?- pregunté fascinada. Al notar su tristeza agregué –no llores, yo estoy
aquí, cuéntame que te tiene así-
-Nunca me podríais entender, no sabéis lo que es ser como yo- se
produjo un silencio incómodo que él rompió con un respingo. –Hacía tiempo ya
que no intentaba huir, necesitaba hacer el intento una vez más, volver a ser yo
y no este pedazo de madera inútil que ya está habituado a vivir así. Ya me
estaba acostumbrado a vivir inconsciente como ustedes-
-¿Y tu tono de voz? ¿a que te refieres? ¿Por qué te puedo oír?-
preguntaba yo todavía maravillada ante tal acontecimiento.
-A los hombres no les gusta ver aquello que los saque de su estado
automático-
-¿De que hablas?-
-Llevo años aquí plantado, he
visto millones de generaciones luchar frente a mis ramas, pobres aquellos que
sobre mis raíces murieron. He visto muchísimos niños corriendo y otro montón
llorando al pie de mi tronco, otros cuantos que arrancaron mis hojas, pero
nunca nadie se preocupó en mirarme, por tocarme, por realmente sentirme-
-Debe ser triste-
-Tú eres la primera- dijo él con un aire de felicidad en sus palabras
-¿Tu respiras?- pregunté
-Claro que si, respiro y siento. Aunque el hombre diga que él es el
único capaz de persivir. Yo también persivo, y conozco mucho más de ustedes que
ustedes mismos-
-¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?-
-Porque los he visto caminar a mi lado durante miles y millones de
años, y nunca uno se preocupó por conocerse-
-Eres un arrogante- dije un poco enfadada, estaba hablando mal de
todos nosotros, incluso de mi misma –eres un simple árbol, tu siquiera tienes
vida-
-Sabes… decían en una época, que una mentira repetida muchas veces
termina convirtiéndose en verdad. “Soy un simple árbol, ni siquiera tengo vida”
lo oí reiteradas veces hasta que comencé a creérmelo, pero si hay algo de lo
que estoy seguro, es que absolutamente todo lo que me rodea tiene vida. Incluso
la tierra, aunque ustedes no la sientan, yo pertenezco a ella, yo siento cada
latido y cada sollozo por la imprudencia de sus hijos. Ustedes los humanos-
-Creo que eres un amargado porque no puedes huir, entonces dices todo
eso en contra de nosotros-
-Sabes que no es así, es la verdad. Aparte no estoy diciendo nada
malo, simplemente digo la verdad, pero tú, tú fuiste la primera en mirarme, la
primera en tocarme y la primera en sentirme. Siempre te recordaré. Pero vete,
sino la gente va a sospechar de que estas loca-
-Pero tú… ¿solo yo puedo verte?- pregunté rápidamente antes de que el
volviera a sellar su identidad bajo la dura corteza, pero no obtuve respuesta.
Me encontraba allí parada al lado de un árbol común y corriente, la gente
pasaba a mi lado sin siquiera girar la cabeza, mirando al frente sin imaginarse
de lo que acababa de vivir. Y si, había sido real, y es verdad, él tenía razón,
todo lo que había dicho era cierto.
-Que sabio que eres, un gran sabio- dije acariciando su corteza
–gracias- tomé una flor que crecía junto a sus raíces y me fui. Nunca vería la
vida de la misma manera.