Escondida dentro de esta cueva que yace en la oscuridad, puedo sentir su hedor, la bestia me espera, está sedienta y no planea tener ni un poco de compasión por su presa. Mis ropas son harapos, mi piel es tan caliente como el vientre de una madre, por mis venas corre vida, vida que poco a poco se escapa. Muero de hambre pero al menos estoy protegida de la bestia, no quiero salir, el miedo me ahoga... hasta apenas poder respirar. ¿Morir desolada, con frío, con hambre, sintiendo como cada gota de vida se derrama hasta dejarme vacía o enfrentar a la bestia para dejar que ella me vacíe en cuestión de segundos?. Moriré de todas formas.
Sabía que la bestia no podría entrar a la cueva porque una bruja se encargó de hechizarla, si entra, jamás podrá volver a salir. En cambio yo, soy una insignificante humana y puedo salir cuando quiera, pero luego de ver como la bestia disfrutaba cada gota de aquella joven bruja, salir no estuvo en mis planes, hasta ahora. Tomé coraje, y lo que sea que la bestia quiera de mí, la enfrentaré. Caminé con precisión y allí estaba, esperándome, apenas me vio fijó sus ojos en mí, esos ojos color escarlata sedientos de vida. Su tez pálida y fría como la nieve hacía resaltar el intenso color en sus ojos, coloqué un pie fuera de la cueva, vi como él abría su boca dejando salir un sonido espeluznante y pude ver sus afilados colmillos que esperaban ansiosos atravesar mi piel. Con mi otro pie fuera me atreví a decir mis primeras palabras de la eternidad. “¿Qué estás esperando? Muérdeme, toma mi corazón, ya me despedí de su latido”.
Sabía que la bestia no podría entrar a la cueva porque una bruja se encargó de hechizarla, si entra, jamás podrá volver a salir. En cambio yo, soy una insignificante humana y puedo salir cuando quiera, pero luego de ver como la bestia disfrutaba cada gota de aquella joven bruja, salir no estuvo en mis planes, hasta ahora. Tomé coraje, y lo que sea que la bestia quiera de mí, la enfrentaré. Caminé con precisión y allí estaba, esperándome, apenas me vio fijó sus ojos en mí, esos ojos color escarlata sedientos de vida. Su tez pálida y fría como la nieve hacía resaltar el intenso color en sus ojos, coloqué un pie fuera de la cueva, vi como él abría su boca dejando salir un sonido espeluznante y pude ver sus afilados colmillos que esperaban ansiosos atravesar mi piel. Con mi otro pie fuera me atreví a decir mis primeras palabras de la eternidad. “¿Qué estás esperando? Muérdeme, toma mi corazón, ya me despedí de su latido”.
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