miércoles, mayo 23

Sabio Hombre

Caminando por aquellas sucias calles descubrí aquello que no me atrevía a mirar, siempre había estado allí aunque fuese invisible para mí. Algo había cambiado en mí, hoy por primera vez me cuestioné su existencia, sentí compasión por él. Estaba tan arrugado, angustiado, e indefenso que quise correr a buscarle un abrigo, algo de protección, pero me di cuenta que en realidad no tenía nada que pudiese protegerlo. Me senté a su lado para hacerle algo de compañía, apoyé mi cabeza en su tronco y dejé que mi mente volara. Fue así que me di cuenta lo tan humano que era.

-¡Ay de mi! Que promiscuo de palabras soy pero amordazadme debo- oí sus quejas brotar desde el suelo -¡Ay de mi! Que de estos bruscos aposentos huir no puedo. Ayudadme jovencita, es que ya no recuerdo el sentido de este vivid. ¡Ay de mí! Que el sueño eterno pesa sobre mis parpados- rogaba mientras hacía el intento desesperado de escapar de aquella parcela de tierra que lo enterraba. –Tomad mi mano y cinchadme, debo huir-
Yo, atónita ante lo ocurrido, me permití decir sin ofensas, que él no tenía manos; acto seguido el palideció, si es que podía hacerlo, y dejó de intentar zafarse de esas raíces que lo aprisionaban. Comenzó a sollozar.

-¿Como lo haces? ¿Por qué te pude oír? ¿No temes que la otra gente te vea?- pregunté fascinada. Al notar su tristeza agregué –no llores, yo estoy aquí, cuéntame que te tiene así-
-Nunca me podríais entender, no sabéis lo que es ser como yo- se produjo un silencio incómodo que él rompió con un respingo. –Hacía tiempo ya que no intentaba huir, necesitaba hacer el intento una vez más, volver a ser yo y no este pedazo de madera inútil que ya está habituado a vivir así. Ya me estaba acostumbrado a vivir inconsciente como ustedes-
-¿Y tu tono de voz? ¿a que te refieres? ¿Por qué te puedo oír?- preguntaba yo todavía maravillada ante tal acontecimiento.
-A los hombres no les gusta ver aquello que los saque de su estado automático-
-¿De que hablas?-
 -Llevo años aquí plantado, he visto millones de generaciones luchar frente a mis ramas, pobres aquellos que sobre mis raíces murieron. He visto muchísimos niños corriendo y otro montón llorando al pie de mi tronco, otros cuantos que arrancaron mis hojas, pero nunca nadie se preocupó en mirarme, por tocarme, por realmente sentirme-
-Debe ser triste-
-Tú eres la primera- dijo él con un aire de felicidad en sus palabras
-¿Tu respiras?- pregunté
-Claro que si, respiro y siento. Aunque el hombre diga que él es el único capaz de persivir. Yo también persivo, y conozco mucho más de ustedes que ustedes mismos-
-¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?-
-Porque los he visto caminar a mi lado durante miles y millones de años, y nunca uno se preocupó por conocerse-
-Eres un arrogante- dije un poco enfadada, estaba hablando mal de todos nosotros, incluso de mi misma –eres un simple árbol, tu siquiera tienes vida-
-Sabes… decían en una época, que una mentira repetida muchas veces termina convirtiéndose en verdad. “Soy un simple árbol, ni siquiera tengo vida” lo oí reiteradas veces hasta que comencé a creérmelo, pero si hay algo de lo que estoy seguro, es que absolutamente todo lo que me rodea tiene vida. Incluso la tierra, aunque ustedes no la sientan, yo pertenezco a ella, yo siento cada latido y cada sollozo por la imprudencia de sus hijos. Ustedes los humanos-
-Creo que eres un amargado porque no puedes huir, entonces dices todo eso en contra de nosotros-
-Sabes que no es así, es la verdad. Aparte no estoy diciendo nada malo, simplemente digo la verdad, pero tú, tú fuiste la primera en mirarme, la primera en tocarme y la primera en sentirme. Siempre te recordaré. Pero vete, sino la gente va a sospechar de que estas loca-
-Pero tú… ¿solo yo puedo verte?- pregunté rápidamente antes de que el volviera a sellar su identidad bajo la dura corteza, pero no obtuve respuesta. Me encontraba allí parada al lado de un árbol común y corriente, la gente pasaba a mi lado sin siquiera girar la cabeza, mirando al frente sin imaginarse de lo que acababa de vivir. Y si, había sido real, y es verdad, él tenía razón, todo lo que había dicho era cierto.
-Que sabio que eres, un gran sabio- dije acariciando su corteza –gracias- tomé una flor que crecía junto a sus raíces y me fui. Nunca vería la vida de la misma manera. 


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