El amanecer, es un soplo glorioso, es el júbilo del día. Los
incontables soles comienzan a aparecer sobre el horizonte, cual de ellos más
hermoso, cada uno con su color correspondiente. Tiñen el cielo con pinceladas
angelicales, tan perfectas y únicas… no hay uno que se le parezca. Las campanas
se sacuden con la caricia del viento, nos avisan que está amaneciendo.
Rápidamente vamos todos al encuentro, pobre aquel que se pierda ese momento.
Los colores van variando a lo largo del día, mientras que los soles
danzan en el cielo, preocúpate cuando uno se mantenga estático, nunca ha
ocurrido, quiere decir que la vida ha acabado. Es como el corazón, cuando deja
de latir porque ya no tiene motor.
El crepúsculo de la noche es otro momento glorioso, los dioses descienden
para bajar el telón pero sin nunca dejarnos a oscuras. Posan sobre mi cielo, un
millón de luciérnagas que revolotean sin dirección, iluminando un pueblo,
iluminando corazones. Quien intente atrapar una de ellas sería desterrado ya
que todos merecemos ser libres, y allí todos lo somos.
Los dioses se despiden nuestro con un beso de la media noche, dulces
susurros acariciándonos, y a aquellos que no pudieron concurrir a observar el
atardecer le envían un mensaje a través de alguna mariposa que pasara por allí.
Toma mi mano y yo te guiaré, no es tan complicado ver este cielo, solo debes cerrar los ojos y abrir los del alma. Si bien es un largo proceso, una vez que logras tomar ese rayito de sol dentro de todo ese disfraz y maquillaje, tomas conciencia de lo que eres, y nada se le compara… por fin puedes ver.
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