martes, junio 4

"Intramuros"

Las nubes grises formaban parte del paisaje cotidiano en aquella cárcel y el sol nunca había pasado por Treblinka, era como si los esquivara porque le daba miedo iluminarlos, y siendo sinceros ¿a quien no le daría miedo pasarse por allí?.
La luna era la única que les hacía compañía, pero a nadie le causaba admiración ya que estaban acostumbrados a tenerla en el cielo todo el día. Aunque no se pudiese distinguir el día de la noche, los profesores les habían enseñado que con el reloj podían saber cuando era de día y cuando era la hora de dormir. Los horarios eran muy estrictos, tenían un horario para todo y quien no lo cumplía recibía un castigo.
El tiempo… el tiempo era lo único libre en Treblinka, aunque de todas formas actuaba rutinariamente, corriendo de minuto a minuto sin darles un respiro, arrebatándoles la vida con cada paso. Allí todos eran como los relojes, rutinarios y aburridos.

Charlotte estaba cansada de todo. Había algo en ella que la distinguía del resto, y era que Charlotte no había nacido dentro de aquellas terroríficas y fuertes paredes como todos los demás, ella había nacido detrás de esas puertas de bronce por lo tanto conocía el mundo real; conocía el sol y la libertad.
Desde que sus padres la abandonaron allí había sido el punto de burla de todos sus compañeros, por ser, actuar y pensar diferente a ellos, pero Charlotte siempre tuvo la suficiente fuerza como para soportarlo todo aunque a veces tenía muchas ganas de huir.
Charlotte tenía una gran intriga por la vida, era la única que se hacía preguntas filosóficas, la única que admiraba a la luna y extrañaba el calor del sol; era la única viva allí adentro. A pesar de que los profesores y demás adultos de la institución se esforzaban por robarles el alma y apagarles la consciencia, ella era un caso especial, era la única a la que no habían podido apagar.
Al contrario, Charlotte estaba más viva que nunca y soñaba con que algún día iba a escapar de ese lugar. Solía pasar las tardes en la biblioteca, un lugar extraño y abandonado al que nadie concurría, y así alimentaba su alma y aprendía todos los días cosas nuevas.

Pero Charlotte estaba cansada de todos, ya había llegado al punto de que no le gustaba ser el centro de la burlas, le repugnaba ver como sus compañeros se sacaban los ojos para tratar de demostrar quien era mejor, y le dolía. Le dolía ver que ella era la única diferente y que estaba sola en una cárcel, o colegio como les hacían llamarlo, rodeada de seres aburridos y mecánicos. Todos se alimentaban de la envidia, la arrogancia, de absolutamente todo lo negativo, y ella era quien recibía todos los insultos denigrantes.

Un día, leyendo un libro en la biblioteca observó que en una de las hojas había dibujado un espejo con una niña mirándose en él, y debajo decía “El espejo nos permite ver nuestros propios ojos y a través de ellos podemos ver nuestra alma, ya que estos son la ventana del alma”. A Charlotte le llamó mucho la atención esa frase y se quedó largo rato reflexionando hasta que se dio cuenta de algo muy sospechoso, en Treblinka, su colegio, su cárcel, no había espejos.
A nadie le importaba la idea de que no existieran los espejos ya que todos nacieron allí y probablemente nunca habían visto uno. Charlotte sí había visto espejos, pero uno dentro de Treblinka se olvidaba de las costumbres más humanas como mirarse al espejo para peinarse y esas cosas superficiales, que aparte, a ella no le interesaban en absoluto.
Arrancó la hoja, guardó el libro en su respectivo lugar y luego salió corriendo para que nadie la viera, estaba llegando tarde a almorzar y no quería recibir un castigo. Más tarde seguiría reflexionando sobre el asunto.

Durante la tarde los mantuvieron ocupados trabajando, y recién cuando estuvo acostada en su cama pudo seguir dándole vueltas al asunto. ¿Porqué no habría espejos en aquel lugar?. Es decir, para ella ya de por sí era un lugar extraño donde los tenían a todos encerrados y les lavaban el cerebro, no era tan extraño que no hubiera espejos, pero sin embargo para ella sí lo era. Y más ahora que esa frase rondaba por su cabeza.

Se levantó de la cama y caminando en puntitas de pie se escapó sin que nadie lo notara, ya tenía experiencia, las primeras veces la habían atrapado y la habían castigado, pero luego fue adquiriendo habilidad y por lo tanto lo hacía todas las noches para ir a leer a la biblioteca. Una vez fuera de la habitación miró a su alrededor para asegurarse de que todos estuvieran durmiendo, luego comenzó a investigar.
Primero fue a los baños donde se supone que debería de haber espejos, pero no había rastros ni siquiera de que alguna vez hubiera habido uno y que luego lo hubieran sacado.
“Que extraño” pensaba Charlotte.

Siguió caminando por los helados pasillos de Treblinka hasta colarse por lugares que nunca había visto antes, seguramente estaría prohibido pasar por allí.
De repente vio una puerta que llamó su atención, simplemente por ser diferente a las otras. Esta puerta estaba hecha de una madera reluciente y tenía talladas figuras hermosas, sin dudas era distinta a las demás puertas grises y lisas.
Asombrada se acercó y giró el pestillo, pero como era de esperarse la puerta estaba cerrada con llave, forcejeo un par de veces pero no pudo abrirla. Desanimada se dio media vuelta y siguió recorriendo pasillos, pero todos los caminos que tomaba llevaban a la misma puerta, y cada vez que se topaba con ésta intentaba abrirla, pero era en vano.
Cuando ya estuvo cansada volvió a su habitación y se quedó dormida.

Al día siguiente, fue hasta aquella puerta para intentar nuevamente abrirla, y lo siguió haciendo durante varios días pero nunca tuvo suerte.
Una noche, después de tantas en las que intentó abrirla con pedazos de alambre, con un tenedor que había robado de la cocina, con el gancho de una percha y hasta con una pinza de pelo, decidió intentarlo con una tijera que esa mañana había robado del taller de manualidades.
Se dirigió hasta la puerta, metió la punta de la tijera en el ojo de la cerradura y forcejeo hasta que para su sorpresa la tranca cedió. Giró el pestillo con cuidado y lentamente fue abriendo la puerta, la habitación estaba completamente a oscuras así que buscó tanteando las paredes el interruptor de la luz. Cuando por fin lo halló, encendió la luz y quedó estupefacta al descubrir que la habitación ¡estaba llena de espejos!. Ahora todo empezaba a tener sentido, en Treblinka no había espejos porque estaban todos escondidos allí. Los había de todos los tipos de tamaño, forma, color y marco, y a juzgar por el polvo que los cubría alguien los había escondido en ese lugar hace mucho tiempo ¿pero quién y porqué?. Muchas preguntas sin respuesta comenzaron a girar en su mente.

Tomó uno de los espejos que estaba tirando en el piso, le gustó por ser pequeño pero con un marco precioso aunque bastante añejado, y se miró en él. Algunas lágrimas rodaron por sus mejillas ¡era increíble como había pasado el tiempo!. Su rostro, su cabello, ya nada era igual a como se recordaba. Después de contemplarse un largo rato, recordó lo que había leído en aquel libro así que prestó especial atención a sus ojos, ¿cómo sería su alma?.
Sus ojos miel irradiaban vida y paz, pero en el fondo tenían un suspiro de tristeza y cansancio. Charlotte abrumada se largó a llorar hasta que quedó dormida allí.
A la mañana cuando despertó se paró por impulso, limpió el polvo de los espejos, tomó el pequeño en el que se había reflejado por la noche y salió corriendo. Sabía que se había ganado un castigo porque no había ido a almorzar, pero no le importó demasiado, tenía que compartir con los demás aquel descubrimiento. En ese horario todos debían de estar en el patio, así que se dirigió a este y se paró en el medio.
Todos los que estaban allí rodeándola se quedaron mirándola fijamente, juzgándola con la mirada, como siempre lo hacían.

-Síganme, les quiero mostrar algo que acabo de descubrir, les aseguro que les va a interesar- ordenó Charlotte y algunos pocos fueron detrás de ella, pensando en que les daría una razón más para reírse de ella.
Charlotte los dirigió a la habitación de los espejos y todos quedaron boquiabiertos.

-¿Que son estos?- preguntó uno de sus compañeros completamente sorprendido
-Son espejos, sirven para mirarse a uno mismo, ¿nunca quisieron saber como los ven los demás? –todos asintieron con la cabeza- bueno, esta es la forma, mírense en el espejo
-¿Cómo se hace?- preguntó otro del montón

Charlotte se acercó a uno de los grandes espejos y se puso de frente, “así, prueben” explicó. Acto seguido todos hicieron lo mismo, pero algo muy extraño ocurrió.

-¿Cómo lo haces Charlotte?- preguntaban

Era extraño, nadie se reflejaba en los espejos, pero ¿qué explicación podía tener?, ¿cómo era posible que alguien no se reflejara en un espejo?, tal vez estaban fallados. Pasó por delante de cada uno para asegurarse de que funcionaban, ¡todos la reflejaban! pero a los demás no. ¿Cómo podía eso ser posible? ¡Sus compañeros no se reflejaban en los espejos!. Charlotte empezó a reflexionar sobre el tema, su cabeza daba mil vueltas pero no encontraba respuesta.
“El espejo nos permite ver nuestros propios ojos y a través de ellos podemos ver nuestra alma, ya que estos son la ventana del alma”. Recordó aquella significativa frase y creyó comprender lo que ocurría allí, sus compañeros no tenían alma. ¡Pero de todas formas deberían poder verse al espejo!.

El aire se tornó pesado, Charlotte se encontraba mareada y perdida, no podía comprender aquello, no entraba en su cabeza que le daba vueltas.

De repente todos se dispersaron y salieron corriendo, pero ella seguía allí, sentada en el piso tratando de encontrar una explicación. Sintió pasos que se acercaban a ella, pasos fuertes que hicieron que su cuerpo se estremeciera, probablemente estaba en graves problemas. Levantó levemente la cabeza y se encontró con la directora parada a unos pocos centímetros justo en frente de ella, tragó saliva y antes de que pudiese dar una explicación o una escusa para no ser castigada, la directora se agachó hasta quedar a su altura y mirándola fijamente a los ojos, con voz aterradora le dijo: “Bienvenida a Treblinka, la fábrica de fantasmas”.

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