Las nubes grises formaban parte del paisaje
cotidiano en aquella cárcel y el sol nunca había pasado por Treblinka, era como
si los esquivara porque le daba miedo iluminarlos, y siendo sinceros ¿a quien
no le daría miedo pasarse por allí?.
La luna era la única que les hacía compañía,
pero a nadie le causaba admiración ya que estaban acostumbrados a tenerla en el
cielo todo el día. Aunque no se pudiese distinguir el día de la noche, los
profesores les habían enseñado que con el reloj podían saber cuando era de día
y cuando era la hora de dormir. Los horarios eran muy estrictos, tenían un
horario para todo y quien no lo cumplía recibía un castigo.
El tiempo… el tiempo era lo único libre en Treblinka,
aunque de todas formas actuaba rutinariamente, corriendo de minuto a minuto sin
darles un respiro, arrebatándoles la vida con cada paso. Allí todos eran como
los relojes, rutinarios y aburridos.
Charlotte estaba cansada de todo. Había algo
en ella que la distinguía del resto, y era que Charlotte no había nacido dentro
de aquellas terroríficas y fuertes paredes como todos los demás, ella había
nacido detrás de esas puertas de bronce por lo tanto conocía el mundo real;
conocía el sol y la libertad.
Desde que sus padres la abandonaron allí había
sido el punto de burla de todos sus compañeros, por ser, actuar y pensar
diferente a ellos, pero Charlotte siempre tuvo la suficiente fuerza como para
soportarlo todo aunque a veces tenía muchas ganas de huir.
Charlotte tenía una gran intriga por la vida,
era la única que se hacía preguntas filosóficas, la única que admiraba a la
luna y extrañaba el calor del sol; era la única viva allí adentro. A pesar de
que los profesores y demás adultos de la institución se esforzaban por robarles
el alma y apagarles la consciencia, ella era un caso especial, era la única a
la que no habían podido apagar.
Al contrario, Charlotte estaba más viva que
nunca y soñaba con que algún día iba a escapar de ese lugar. Solía pasar las
tardes en la biblioteca, un lugar extraño y abandonado al que nadie concurría,
y así alimentaba su alma y aprendía todos los días cosas nuevas.
Pero Charlotte estaba cansada de todos, ya
había llegado al punto de que no le gustaba ser el centro de la burlas, le
repugnaba ver como sus compañeros se sacaban los ojos para tratar de demostrar
quien era mejor, y le dolía. Le dolía ver que ella era la única diferente y que
estaba sola en una cárcel, o colegio como les hacían llamarlo, rodeada de seres
aburridos y mecánicos. Todos se alimentaban de la envidia, la arrogancia, de
absolutamente todo lo negativo, y ella era quien recibía todos los insultos
denigrantes.
Un día, leyendo un libro en la biblioteca observó
que en una de las hojas había dibujado un espejo con una niña mirándose en él,
y debajo decía “El espejo nos permite ver nuestros propios ojos y a través de
ellos podemos ver nuestra alma, ya que estos son la ventana del alma”. A
Charlotte le llamó mucho la atención esa frase y se quedó largo rato
reflexionando hasta que se dio cuenta de algo muy sospechoso, en Treblinka, su
colegio, su cárcel, no había espejos.
A nadie le importaba la idea de que no existieran
los espejos ya que todos nacieron allí y probablemente nunca habían visto uno.
Charlotte sí había visto espejos, pero uno dentro de Treblinka se olvidaba de
las costumbres más humanas como mirarse al espejo para peinarse y esas cosas
superficiales, que aparte, a ella no le interesaban en absoluto.
Arrancó la hoja, guardó el libro en su
respectivo lugar y luego salió corriendo para que nadie la viera, estaba
llegando tarde a almorzar y no quería recibir un castigo. Más tarde seguiría
reflexionando sobre el asunto.
Durante la tarde los mantuvieron ocupados
trabajando, y recién cuando estuvo acostada en su cama pudo seguir dándole
vueltas al asunto. ¿Porqué no habría espejos en aquel lugar?. Es decir, para
ella ya de por sí era un lugar extraño donde los tenían a todos encerrados y
les lavaban el cerebro, no era tan extraño que no hubiera espejos, pero sin
embargo para ella sí lo era. Y más ahora que esa frase rondaba por su cabeza.
Se levantó de la cama y caminando en puntitas
de pie se escapó sin que nadie lo notara, ya tenía experiencia, las primeras
veces la habían atrapado y la habían castigado, pero luego fue adquiriendo
habilidad y por lo tanto lo hacía todas las noches para ir a leer a la
biblioteca. Una vez fuera de la habitación miró a su alrededor para asegurarse
de que todos estuvieran durmiendo, luego comenzó a investigar.
Primero fue a los baños donde se supone que
debería de haber espejos, pero no había rastros ni siquiera de que alguna vez
hubiera habido uno y que luego lo hubieran sacado.
“Que extraño” pensaba Charlotte.
Siguió caminando por los helados pasillos de
Treblinka hasta colarse por lugares que nunca había visto antes, seguramente
estaría prohibido pasar por allí.
De repente vio una puerta que llamó su
atención, simplemente por ser diferente a las otras. Esta puerta estaba hecha
de una madera reluciente y tenía talladas figuras hermosas, sin dudas era
distinta a las demás puertas grises y lisas.
Asombrada se acercó y giró el pestillo, pero
como era de esperarse la puerta estaba cerrada con llave, forcejeo un par de
veces pero no pudo abrirla. Desanimada se dio media vuelta y siguió recorriendo
pasillos, pero todos los caminos que tomaba llevaban a la misma puerta, y cada
vez que se topaba con ésta intentaba abrirla, pero era en vano.
Cuando ya estuvo cansada volvió a su
habitación y se quedó dormida.
Al día siguiente, fue hasta aquella puerta
para intentar nuevamente abrirla, y lo siguió haciendo durante varios días pero
nunca tuvo suerte.
Una noche, después de tantas en las que
intentó abrirla con pedazos de alambre, con un tenedor que había robado de la
cocina, con el gancho de una percha y hasta con una pinza de pelo, decidió
intentarlo con una tijera que esa mañana había robado del taller de
manualidades.
Se dirigió hasta la puerta, metió la punta de
la tijera en el ojo de la cerradura y forcejeo hasta que para su sorpresa la
tranca cedió. Giró el pestillo con cuidado y lentamente fue abriendo la puerta,
la habitación estaba completamente a oscuras así que buscó tanteando las
paredes el interruptor de la luz. Cuando por fin lo halló, encendió la luz y
quedó estupefacta al descubrir que la habitación ¡estaba llena de espejos!.
Ahora todo empezaba a tener sentido, en Treblinka no había espejos porque
estaban todos escondidos allí. Los había de todos los tipos de tamaño, forma,
color y marco, y a juzgar por el polvo que los cubría alguien los había
escondido en ese lugar hace mucho tiempo ¿pero quién y porqué?. Muchas
preguntas sin respuesta comenzaron a girar en su mente.
Tomó uno de los espejos que estaba tirando en
el piso, le gustó por ser pequeño pero con un marco precioso aunque bastante
añejado, y se miró en él. Algunas lágrimas rodaron por sus mejillas ¡era
increíble como había pasado el tiempo!. Su rostro, su cabello, ya nada era
igual a como se recordaba. Después de contemplarse un largo rato, recordó lo
que había leído en aquel libro así que prestó especial atención a sus ojos,
¿cómo sería su alma?.
Sus ojos miel irradiaban vida y paz, pero en
el fondo tenían un suspiro de tristeza y cansancio. Charlotte abrumada se largó
a llorar hasta que quedó dormida allí.
A la mañana cuando despertó se paró por
impulso, limpió el polvo de los espejos, tomó el pequeño en el que se había
reflejado por la noche y salió corriendo. Sabía que se había ganado un castigo
porque no había ido a almorzar, pero no le importó demasiado, tenía que
compartir con los demás aquel descubrimiento. En ese horario todos debían de
estar en el patio, así que se dirigió a este y se paró en el medio.
Todos los que estaban allí rodeándola se
quedaron mirándola fijamente, juzgándola con la mirada, como siempre lo hacían.
-Síganme, les quiero mostrar algo que acabo
de descubrir, les aseguro que les va a interesar- ordenó Charlotte y algunos
pocos fueron detrás de ella, pensando en que les daría una razón más para
reírse de ella.
Charlotte los dirigió a la habitación de los
espejos y todos quedaron boquiabiertos.
-¿Que son estos?- preguntó uno de sus
compañeros completamente sorprendido
-Son espejos, sirven para mirarse a uno
mismo, ¿nunca quisieron saber como los ven los demás? –todos asintieron con la
cabeza- bueno, esta es la forma, mírense en el espejo
-¿Cómo se hace?- preguntó otro del montón
Charlotte se acercó a uno de los grandes
espejos y se puso de frente, “así, prueben” explicó. Acto seguido todos
hicieron lo mismo, pero algo muy extraño ocurrió.
-¿Cómo lo haces Charlotte?- preguntaban
Era extraño, nadie se reflejaba en los
espejos, pero ¿qué explicación podía tener?, ¿cómo era posible que alguien no
se reflejara en un espejo?, tal vez estaban fallados. Pasó por delante de cada
uno para asegurarse de que funcionaban, ¡todos la reflejaban! pero a los demás
no. ¿Cómo podía eso ser posible? ¡Sus compañeros no se reflejaban en los
espejos!. Charlotte empezó a reflexionar sobre el tema, su cabeza daba mil
vueltas pero no encontraba respuesta.
“El espejo nos permite ver nuestros propios
ojos y a través de ellos podemos ver nuestra alma, ya que estos son la ventana
del alma”. Recordó aquella significativa frase y creyó comprender lo que
ocurría allí, sus compañeros no tenían alma. ¡Pero de todas formas deberían
poder verse al espejo!.
El aire se tornó pesado, Charlotte se
encontraba mareada y perdida, no podía comprender aquello, no entraba en su
cabeza que le daba vueltas.
De repente todos se dispersaron y salieron
corriendo, pero ella seguía allí, sentada en el piso tratando de encontrar una
explicación. Sintió pasos que se acercaban a ella, pasos fuertes que hicieron
que su cuerpo se estremeciera, probablemente estaba en graves problemas.
Levantó levemente la cabeza y se encontró con la directora parada a unos pocos
centímetros justo en frente de ella, tragó saliva y antes de que pudiese dar
una explicación o una escusa para no ser castigada, la directora se agachó
hasta quedar a su altura y mirándola fijamente a los ojos, con voz aterradora
le dijo: “Bienvenida a Treblinka, la fábrica de fantasmas”.
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