martes, febrero 25

Eyes on fire

Esa noche se hacía la luna llena, la había esperado con ansias. Al fin iba a poder escaparme al bosque para practicar. Cuando el reloj marcó la media noche tomé mi libro y el bolso, que con bastante anticipación había preparado. Tenía todo perfectamente calculado; nada podía salir mal.

Me adentré en las viejas calles de West Ellm, eran pocas las casas que tenían las luces encendidas, algunas descansaban y otras carecían de luz eléctrica; lo cierto es que la electricidad es un privilegio de la minoría.
Las calles de toscas, las fachadas en ruinas, los faroles consumiéndose, portones irritados y puertas descascaradas… West Ellm no se destaca por su belleza. Si bien el principal ingreso económico del país es el turismo, aquí la última vez que nos visitaron extranjeros fue para la inauguración del hotel “Paradiso”, el cual hoy forma parte de los edificios históricos y está en peligro de derrumbe. Éste se encuentra en el bosque.
En aquel entonces habían rutas que conducían al lujoso hotel, hoy llevan a ningún lugar, y muchas ya no existen. El hotel llevaba ese nombre porque aquello era todo un paraíso, el bosque perfectamente cuidado, la vista a las montañas, los paseos en canoa por el río y los chapuzones en las cataratas; el entorno ayudaba a una perfecta estadía. Un hermoso lugar para relajarse y desconectarse del mundo.
Hoy día nadie se anima a atravesar el bosque. Desde hace años la naturaleza crece sin límites, el río está sumamente contaminado debido a la planta de celulosa; que es la principal fuente de trabajo del pueblo. Y la última vez que un niño tuvo el coraje de bañarse en las cataratas, terminó un mes internado en el hospital del pueblo vecino, padecía de una infección en la piel.
Yo estoy en contra de esa maldita fábrica, lo único que hizo fue consumir mi pueblo, siempre digo que la destruiría con mis propias manos, pero luego agradezco que exista ya que gracias a ella todo el pueblo tiene para comer. Uno termina acostumbrándose a vivir con ello. Uno se acostumbra al constante olor putrefacto que habita en el aire.

Me enfrenté a mi última cuadra, podía ver al final de la calle las penumbras del bosque. Un escalofrío recorrió mi espalda y di un paso atrás. Tragué saliva y di un paso confiado al frente, había esperado esta noche, me había preparado y no me iba a acobardar. No tenía a que temerle. “Todo va a salir bien” intenté convencerme.
Saqué una vela de mi bolso y la encendí con un mechero, era mi única fuente de luz.
Con cautela me fui acercando a la boca del bosque.

En aquellas calles de piedras se me dificultaba caminar, aparte de tener las piernas temblorosas. De repente siento su mirada en mi nuca e inmediatamente todos mis vellos se paralizan como si de estática se tratase, no me atrevo a girar, apuro la marcha. “No tengo miedo, no tengo miedo” repetía en mi mente “todo va a salir bien, no hay nadie, no tengo miedo”. “No es él, no está aquí”.
El eco de mis pasos aturdía mis pensamientos, ya no estaba tan segura de lo que iba a hacer, quería dar marcha atrás para volver a la seguridad de mi hogar, pero tampoco tenía el coraje para enfrentar lo que había detrás de mí. Un susurro del viento rozó mi cuello, acarició mi brazo y abrazó la llama de la vela haciendo que esta se apague. Había quedado completamente a oscuras. No me detuve, seguí caminando recto hacia el bosque. Súbitamente otros pasos se acoplan al eco de los míos, pisadas firmes pero sin prisa. Mi corazón se aceleró y traté de controlar mi respiración, quería parecer calmada.
A medida que nos acercábamos al bosque sus pasos se hacían más firmes y el eco se agravaba en mi cabeza. En un temblor tomé el mechero y volví a encender la vela. Pero no me di vuelta, no tuve el valor.
“Moontah rey de todos los elementos, despeja el mal, disipa el miedo, dame coraje para terminar con lo prometido” oré tres, cuatro “Moontah rey de todos los elementos, despeja el mal, disipa el miedo, dame coraje para terminar con lo prometido” cinco veces, hasta que me llené de coraje y me di la vuelta. No había nadie.
Retomé mi camino con seguridad, Moontah quería que terminara mi cometido.

Una vez dentro del bosque, me dirigí hacia la orilla de las cataratas; no era tan difícil llegar allí, el camino era recto. Y, así como Hansel y Gretel dejaron migas de pan en el trayecto, yo fui dejando velas dentro de frascos de vidrio. Con otra diferencia, yo no me encontré con una casa de golosinas y la bruja precisamente no me quería comer.

Levanté la vista y tenía una hermosa proyección de la luna sobre mi cabeza, esta también se reflejaba en el estanque donde desembocan las cataratas. Encendí tres velas más y las puse en el suelo formando un triángulo. Dentro de ese triángulo dibujé un círculo de sal, simulando una tercera luna. “Tres veces tres” recordé. Me faltaba un último elemento.
Saqué de mi bolso tres cálices de plata y los coloqué en el suelo, formando un triángulo inverso al de las velas. Dentro de cada cáliz puse tres gotas de sangre de venado, y un pétalo de rosa, el cual luego incineré.
Mientras preparaba todo recitaba en forma de susurro el conjuro de preparación. “Todo va a salir bien” pensé mientras me colocaba en medio del círculo de sal y abría el libro en la página que tenía marcada.

Leí las primeras líneas del ritual, cerré los ojos y las repetí dos veces más. El viento empezó a soplar con fuerza. Supuse que lo estaría haciendo bien. Proseguí leyendo las siguientes líneas, pero un aullido me detuvo en seco. Acto seguido las velas se apagaron y quedé en penumbras. No podía asustarme, no podía salir del círculo sin finalizar el ritual; lo había leído tantas veces… comencé a recitarlo de memoria.
El viento soplaba cada vez más fuerte, hizo volar los cálices y las velas, la tierra y la sal me golpeaban en la cara pero yo seguía recitando: ¡MOONTAH, MOONTAH, MOONTAH! Grité. Esas eran las últimas palabras del ritual. Todo se calmó.
Pasaron varios minutos de silencio y lo supe; había fallado. Algo había salido mal. Me sentí muy decepcionada, me había preparado durante tanto tiempo que creía que iba a hacerlo bien. Tal vez no tenía la fuerza necesaria… tal vez Moontah no quería aceptar mi alma para convertirme en bruja.

Pero allí estaba él, lo sentí respirando en mi nuca. No sentí miedo, sabía a que venía. Esta vez no le iba a rezar a Moontah para que lo hiciera desaparecer, esta vez lo iba a enfrentar; si es que él se atrevía a mirarme.

-¿Qué quieres?- pregunté.

-A ti- contestó con su voz sombría y profunda como el vacío. Sus palabras hacían eco en mi corazón, el cual comenzó a palpitar desesperado. Mi cuerpo se debilitó y caí al piso, no esperaba que contestara con tanta seguridad. “Que quiere de mí”. –Tu misma has barajado las cartas de tu juego, en la hora justa y en el sitio correcto yo jugaré mi as.

-Esperarás en vano, no tengo nada que conseguir para ti –afirmé con rudeza

-Ya esperé suficiente, pero me lo tomo despacio, me gusta como alimentas mi llama -rió
-¿Tu llama? –pregunté con la voz casi inaudible.

-Todas esas pesadillas tuyas son mi alimento, tus pensamientos, tus deseos –su voz era sarcástica, disfrutaba hacerme sentir indefensa e ingenua.

Sentí sus manos en mis hombros, se apoyaban con pesadez pero al tacto era suave. Si bien muchas veces había sentido su presencia nunca me había comunicado con él, y mucho menos habíamos tenido contacto. Sí lo había visto una vez, através del espejo. Sabía que era él, lo sentía, lo conocía. Pero este encuentro era único. Me daba miedo, porque soy humana y todo aquello que desconozco me da miedo, pero tenía interés por saber más, me excitaba la idea de que una criatura extraña me estuviera persiguiendo, y que me quisiera “a mí”. ¿Qué quería de mí?, ¿Por qué me quería a mí?, ¿Quién era?, ¿Qué era?.

-Y no tengo miedo de tu poder robado –susurró en mi oído. Estaba a mis espaldas, sus manos comenzaron a descender lentamente desde mis hombros, ardiendo cada partícula de mi piel que se sometía a su tacto. Por alguna razón aquello no me causaba molestia alguna, al contrario, su voz me tranquilizaba, y su extraña suavidad era placentera. –Veo a través de ti cualquier hora, conozco toda tu historia, cada segundo de tu vida.
Sus manos tomaron las mías y aquella reacción quemó todos los cables de mi cuerpo e hizo interferencia. Por unos momentos mi cerebro no funcionó, no respiré, por unos minutos morí.
Fue allí que fui consciente del poder de aquella criatura desconocida, con apenas tomar mi mano pudo detener mi corazón. Pero no me mató… tal vez mi alma no era lo que él buscaba.

-¿Q… Q… Qué eres? –tartamudeé 

-Shhhh… -tapó mi boca con su mano izquierda, mientras que con la otra sujetaba mi cintura y me acercaba a su cuerpo. Sentí el peso de su cuerpo en mi espalda, percibí la forma de su pecho y abdomen. Tal y como lo recordaba… Gallardo. –Una palabra más y no sobrevivirás.- Aquello me hizo difuminar todas mis fantasías. Y el miedo nuevamente se apoderó de mí.

No sabía que quería de mí, y en ese momento por primera vez me sentí infinitamente humana. Ante la incertidumbre de un futuro, un mañana, una hora después. La pura inseguridad, un paso en falso y el abismo, la vida que juega a columpiarse entre dos mundos. Me sentí pequeña e insignificante, me sentí nada. Eso somos los humanos, nada. “Todo lo que somos es polvo en el viento”.

-Tu columna está ardiendo –susurró deslizando su dedo índice por mi columna. Esto hizo que me estremeciera por completo. Me tenía en sus brazos, era suya. Si eso era lo que buscaba, lo había conseguido. Le pertenecía completamente. Todo mi cuerpo lo sabía, no había nada que pudiese hacer, aquella misteriosa criatura me había poseído.


“Ojos en el fuego” dijo. Estas fueron las últimas palabras que recuerdo de mi inmortalidad. Así fue como él bebió de mis deseos, ardió mi alma y quemó mi cuerpo. Hoy solo soy polvo en el viento. En cada luna llena renazco para danzar a Moontah.

Consejo: nunca mires a un/a ménade a los ojos.

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