Amo cuando posa su
cabello sobre su oreja, dejándolo caer con tanta suavidad como su piel, diría
que es un ángel, pero se que tanta perfección no cabe en un ser humano, así que
simplemente es perfecta, para mi.
Cuantas veces la habré
escuchado decir “soy fea, nadie me quiere” y yo, como un simple amigo le subo
el ánimo diciendo que no, cuando por dentro me encantaría decir una sarta de
sentimientos.
Me encontraba sentado
en la cafetería mientras mi mente viajaba, estaba decidido, después de cuatro
largos años de amistad, de la pura y más hermosa amistad, se lo iba a decir.
Hoy cuando ella llegue, tomaré sus manos con delicadeza y entre ellas
depositaré mi corazón, para que haga con él lo que se le ocurra, de todas
maneras este le pertenece.
La espera se estaba
haciendo dura, el frío ya estaba congelando todo alrededor, este era el peor
invierno. Las llamadas que nunca contestó, y así pasaron dos horas, y nunca
llegó. Se que ella nunca fue puntual, pero nunca tardaba tanto, además como
mínimo, me avisaba que no iba a llegar. Enojado tomé mi abrigo, estaba tan
deprimido que comencé a caminar sin dirección, era como si una fuerza
misteriosa me arrastrara hacia un lugar, ese exacto lugar donde debía estar,
donde tenía que ver la cruel realidad que me estaba perdiendo.
Llegue en el momento
justo, toda su familia llorando, todos los medios de comunicación sacando
notas, las ambulancias, policías cortando la calle. Y mi mayor temor yacía en
el piso, inmóvil, sin respiración. La mujer que amo, hermosa y angelical,
realmente se había convertido en ángel, no entendía como había pasado, no podía
creer lo que sucedía, pero allí estaba ella sin vida cortando la avenida.
Y así esa noche bajo
la luz de la luna, le entregó su alma a las estrellas. Y yo corrí detrás de
ella, de alguna manera íbamos a estar juntos.
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