viernes, junio 15

Mi ángel guardián

Todas las cosas que me había dicho daban vueltas en mi cabeza, el disco olvidado aún sonaba en el tocadiscos viejo y mi inútil cuerpo inerte yacía en el suelo de mármol. Lo lamento pero en ese momento no extrañaba a nadie, me sentía completamente feliz de al fin haber podido desprenderme de ese pelaje que me retenía a esta tierra, como las raíces de un árbol. Al fin podía acariciar la paz, oír su constante silencio, ver la libertad a través del vacío, oler el aroma de la eternidad mezclándose con mi alma; pero… aún me faltaba algo, todavía algo me mantenía aferrada al cemento, a la lujuria y a la rutina.
Él. Ya no iba a poder saborear sus labios una y otra vez hasta fundirnos en el sol del atardecer. No iba a poder rozar su dorado cabello de ángel, inundar mi alma con su fragancia natural, estremecerme ante su carcajada que se esconde entre suspiros; así como tampoco iba a poder escuchar sus palabras sin ser vocalizadas, bastaba con ver en sus ojos tan profundos como el mar para saber exactamente que intentaba decir pero que callaba por miedo a interrumpir la perfección del momento.

El tiempo parecía estático, me encontraba en el limbo entre la vida y la muerte. Veía como transportaban mi cuerpo en un ataúd que debe de haber costado mucho, pero que para mí no era más que una simple caja de madera que adentro contenía un envoltorio de caramelo, completamente inservible, yo no estaba allí. Todos a mí alrededor lloraban por mi perdida, como cuando uno llora porque se acabó el alcohol, ¿acaso nadie se alegraba de que al fin había conseguido lo que tanto quería? ¡Al fin liberaba mi alma!.
La gente entraba y salía de aquella asquerosa sala fúnebre tan rápido como podían, el olor a cigarrillo colmaba el aire, y mi cuerpo en poco tiempo sería otras cenizas más en el cenicero. Nunca creí que mi velorio fuese a ser tan deprimente, yo me esperaba algo al aire libre, lleno de color y gente sonriendo abiertamente, hoy entiendo que nadie me entendía realmente cuando les decía que quería dejar mi espíritu volar.

De repente, aparecí a su lado. Él estaba sentado a los pies del viejo roble donde solíamos jugar enamorados, las horas corrían mientras que para nosotros el mundo se detenía, solos él y yo existíamos. Mentiría al decir que nunca viví tal hermosa experiencia como la muerte, estando a su lado moría con cada beso que quemaba la sangre ardiente en mis venas, o con cada caricia que paralizaba mi corazón.
-Me alegro que al fin hayas encontrado la felicidad, y espero que siempre recuerdes cuanto te amo. Por favor, reserva un lugar de aquel lado para mi alma, pronto voy a volver a ti. No hay vida sin ti.- lentamente sus palabras fueron elevándose al cielo, él sabía que yo estaba allí. Me acerqué cautelosamente para no asustarlo y me senté a su lado, su respiración se aceleró.
-Disculpa por no ir a tu velorio, pero no es digno de ti. Se que eso es lo último que habrías querido. Gracias por venir a despedirte- agregó.
Fue tan grande la emoción que me causó escuchar sus palabras que las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas, “no llores” me dijo, pero aún así no podía evitarlo.

El impulso me llevó a tirarme sobre él y darle un dulce y muy cálido abrazo de despedida. El rápido contacto hizo que todo su cuerpo se erizara, mientras que yo sentía ser energía girando en círculos, si bien no tenía cuerpo fue como si me estuviese electrocutando, toda una carga eléctrica recorrió mi ser.
Inmediatamente el disco se paró por unos segundos y comenzó a sonar en sentido inverso, rebobinó, dio marcha atrás, y en la letra de la canción se podía oír la frase “ni la muerte me hace tan feliz como estar contigo, tú eres mi felicidad”.
Tomé su mano y lo abracé, el frío mármol estaba congelándome pero su cuerpo me brindaba todo el calor necesario para mantenerme viva.


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