Él. Ya no iba a poder saborear sus labios una
y otra vez hasta fundirnos en el sol del atardecer. No iba a poder rozar su
dorado cabello de ángel, inundar mi alma con su fragancia natural, estremecerme
ante su carcajada que se esconde entre suspiros; así como tampoco iba a poder
escuchar sus palabras sin ser vocalizadas, bastaba con ver en sus ojos tan
profundos como el mar para saber exactamente que intentaba decir pero que
callaba por miedo a interrumpir la perfección del momento.
El tiempo parecía estático, me encontraba en
el limbo entre la vida y la muerte. Veía como transportaban mi cuerpo en un
ataúd que debe de haber costado mucho, pero que para mí no era más que una
simple caja de madera que adentro contenía un envoltorio de caramelo,
completamente inservible, yo no estaba allí. Todos a mí alrededor lloraban por
mi perdida, como cuando uno llora porque se acabó el alcohol, ¿acaso nadie se
alegraba de que al fin había conseguido lo que tanto quería? ¡Al fin liberaba
mi alma!.
La gente entraba y salía de aquella asquerosa
sala fúnebre tan rápido como podían, el olor a cigarrillo colmaba el aire, y mi
cuerpo en poco tiempo sería otras cenizas más en el cenicero. Nunca creí que mi
velorio fuese a ser tan deprimente, yo me esperaba algo al aire libre, lleno de
color y gente sonriendo abiertamente, hoy entiendo que nadie me entendía
realmente cuando les decía que quería dejar mi espíritu volar.
De repente, aparecí a su lado. Él estaba
sentado a los pies del viejo roble donde solíamos jugar enamorados, las horas
corrían mientras que para nosotros el mundo se detenía, solos él y yo
existíamos. Mentiría al decir que nunca viví tal hermosa experiencia como la
muerte, estando a su lado moría con cada beso que quemaba la sangre ardiente en
mis venas, o con cada caricia que paralizaba mi corazón.
-Me alegro que al fin hayas encontrado la
felicidad, y espero que siempre recuerdes cuanto te amo. Por favor, reserva un
lugar de aquel lado para mi alma, pronto voy a volver a ti. No hay vida sin
ti.- lentamente sus palabras fueron elevándose al cielo, él sabía que yo estaba
allí. Me acerqué cautelosamente para no asustarlo y me senté a su lado, su
respiración se aceleró.
-Disculpa por no ir a tu velorio, pero no es
digno de ti. Se que eso es lo último que habrías querido. Gracias por venir a
despedirte- agregó.
Fue tan grande la emoción que me causó
escuchar sus palabras que las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas, “no
llores” me dijo, pero aún así no podía evitarlo.
El impulso me llevó a tirarme sobre él y
darle un dulce y muy cálido abrazo de despedida. El rápido contacto hizo que
todo su cuerpo se erizara, mientras que yo sentía ser energía girando en
círculos, si bien no tenía cuerpo fue como si me estuviese electrocutando, toda
una carga eléctrica recorrió mi ser.
Inmediatamente el disco se paró por unos
segundos y comenzó a sonar en sentido inverso, rebobinó, dio marcha atrás, y en
la letra de la canción se podía oír la frase “ni la muerte me hace tan feliz como estar contigo, tú eres mi
felicidad”.
Tomé su mano y lo abracé, el frío mármol
estaba congelándome pero su cuerpo me brindaba todo el calor necesario para
mantenerme viva.
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